23 de junio de 2010

Mas rapido corres mas rapido pierdes la carrera


Este es el cuento que escribi para lengua, me saque un 9 el unico aprobado ademas de otro.
Pero el mejor trabajo de todos segun la profe jajaja, les cabe.
En fin, si quieren leanlo y opinen-
(no es el que entregue, tiene algunos errores de ortografia y alguna palabra pifiada en las letras pero es exactamente igual, lo van a entender de la misma manera)

“La función del ser humano es vivir, no existir.
No voy a gastar mis días tratando de prolongarlos,
Voy a aprovechar mi tiempo.”
Jack London.-
Vladimír era un joven muy inteligente, desde aquella primera vez que lo ví supe que esto era así. Se destacaba por ser bueno en casi todas las cosas que emprendía, era un excelente estudiante, sobre todo en el área de economía. Sus profesores no solo se sentían honrados de tenerlo como alumno sino también agradecían por esto ya que en cada clase aprendían de él en algún aspecto. También era bueno en sus actividades extras, que no eran pocas: hablaba inglés a la perfección y estudiaba francés y alemán, y de vez en cuando asistía a alguna clase de italiano. Una vez, hablando con su madre, la señora Ulrich, me comentó que esperaba con ansias ser abuela porque creía que sus nietos serian tan buenos, respetuosos y educados como su hijo. Cuando la madre de Vladimír necesitaba ir al mercado, a la farmacia o simplemente salir a tomar aire, nunca se la veía sola, su hijo la acompañaba a donde ella necesitara ir y siempre se los veía hablando muy plácidamente mientras caminaban. También era un buen compañero de su padre, ya que este pasaba las horas del día metido bajo su viejo auto disfrutando mientras encontraba algún detalle para reparar y Vladimír tenía habilidad para arreglar cacharros al igual que él. A pesar de que en esa época su hijo ya se había mudado de la casa hacia ya tres meses, este seguía visitándolos diariamente.
Más de una vez me había invitado a comer cuando volvía de la facultad, por eso es que puedo decir que era un cocinero de maravillas, estaba estudiando la carrera de chef, no recuerdo una vez en que haya llamado a algún delivery a pesar de estar agotado después de un pesado día. Su especialidad eran los platos con carnes, cocinaba desde ensaladas hasta comida alemana o japonesa. En lo social era un chico muy solitario, pero no porque careciera de amigos o la gente no lo quisiera, simplemente se sentía a gusto tanto en compañía como en soledad, él decía que podía abrir su mente cada vez que se quedaba solo ya que se ponía a pensar, y esto lo ayudaba con sus estudios y con su manera de llevar el día a día. En su departamento, estaba acompañado de un pequeño perro que le había regalado su última novia con la que ya no tenía relación alguna. Los días de semana eran casi todos iguales para él, se levantaba, desayunaba, caminaba hasta la paraba del colectivo y viajaba media hora hasta llegar a la facultad donde estudiaba cocina, cuando salía de ahí le gustaba ir al mercado y volver a su casa para cocinar o si no elegía ir a algún puesto callejero para saciar su hambre con alguna comida rápida. Después llegaba la tarde, los martes y jueves tenía clase de francés que complementaba el estudio que ya tenía en la facultad, los viernes y lunes estudiaba alemán y si no tenía algo que hacer se quedaba a clase de italiano. Cuando la tarde terminaba y se acercaba la noche los días miércoles Vladimír disfrutaba yendo a su clase de arpa. Los demás días, en ese horario, se dedicaba a estudiar para el día siguiente temas de la facultad. Cuando ya era de noche se preparaba algo de cenar y miraba la misma serie de televisión todos los días mientras disfrutaba el plato y luego se iba a dormir. Los fines de semana Vladimír trabajaba los sábados todo el día y el domingo medio turno en una casa de computación atendiendo a los clientes y por qué no administrando la caja. Con este trabajo trataba de mantener sus estudios y si podía también sus gastos, pero nunca podía cubrir todo él solo. Las noches de los fines de semana las usaba para ir a algún bar a tomar algo con sus amigos, ir al cine o ver películas en su casa, cosa que disfrutaba como nadie, era fanático del cine independiente y su género favorito era el drama.
Así concluyo brevemente en contarles cómo era la vida de Vladimír resumidamente. Vladimír era un joven muy inteligente…Pero tenía un problema, estaba encaprichado en que las horas del día no le eran suficientes, llegaba el día miércoles y ya no sabía como hacer para cumplir con todo lo que se exigía, una de esas cosas era ser puntual, pero nunca lograba serlo por uno u otro motivo. El decía que si quería hacer veinte cosas en un día solo las concretaba si este duraba veinticinco horas, así que siempre acababa haciendo menos o haciendo las veinte cosas incorrectamente. Si bien sus profesores estaban felices de tenerlo de alumno, no podían soportar que llegara casi siempre a la mitad de las clases, nunca ausente pero siempre tarde. Su madre y su padre estaban cansados de decirle que deje alguna de sus actividades extras y que no se sobre exija tanto a si mismo, porque de esta forma acababa como acababa: la mayoría de las veces angustiado y estresado por no poder concretar sus planes o por fracasar en algún estudio o no poder cumplir con alguien por el simple hecho de que según el “el tiempo le corría una carrera que siempre perdía”. Es por eso que voy a pasar a contarles de “el día en que Vladimír le gano al reloj” tal como el me lo contó a mí ese 26 de junio:
Creo que lo que me despertó fue un rayo de luz de sol apenas saliendo que se asomaba por las hendijas de mi persiana, el despertador no había sonado y ya marcaba las seis y veinte cuando lo mire por primera vez, ese maldito reloj no sabia que mas hacer para enfurecerme. Salté de mi cama y fui fugazmente hacia el baño para lavarme y cepillarme los dientes, después corrí hacia el ropero, odiaba estar desprolijo, por eso es que me tome algo mas de tiempo para vestirme, sin dejar pasar un minuto mas fui a la cocina y calenté un poco de café en el microondas, le agregue un poco de leche, siempre descremada porque no me gusta la entera, disolví en él tres cucharadas de azúcar y lo bebí tan rápido como pude, mordí dos o tres pedazos de pan, agarre mi mochila, las llaves y salí del departamento, cuando estaba por cerrar la puerta me di cuenta que me faltaba ponerme los zapatos, así que no tuve mas remedio que tirar todo en el piso y correr a su búsqueda. Una vez calzado me fui del lugar y esta vez no hubo retorno. Cuando salí a la calle sentí un poco de calor, debía ser por haber hecho las cosas tan rápidamente, lo que seguro provoco que mi corazón se acelerara y mi cuerpo entrara en calor, así que decidí correr hasta la parada del colectivo que estaba a tres cuadras, pero lentamente. Cuando llegué, la fila para subir era interminable, pero no podía esperar al siguiente, miré el reloj y eran las 6:45, así que soporté los apretujones y golpes provocados por el amontonamiento de gente y el movimiento del colectivo en funcionamiento, que no tenía piedad por los que estaban sobre él. Después de veinticinco minutos en ese simulador de boxeo por fin baje y lo único que tenia que hacer ahora era correr nuevamente pero esta vez hasta la facultad que quedaba a una cuadra y media. Llegué y lo primero que hice fue preguntarle al señor Gutiérrez, el portero, qué día era porque no lo recordaba, cuando me dijo que era martes me di cuenta que tenia la primer clase del día con el profesor Martínez, él era quien más odiaba mis retrasos, me daba cuenta de eso por su particular falta de alegría que los días martes se multiplicaba al ver llegar al salón de clases. Este era mi primer motivo para empezar el día de mal humor. La segunda clase que duraba la demás parte de la mañana era con la profesora López que siempre estaba de buen humor y se notaba su felicidad por enseñar lo que le gustaba, pero ese día no se que fue lo que hizo que de su cara no se escapara una sonrisa y de su boca no saliera una palabra de aliento para los alumnos, así que mi día iba a de mal en peor, sin mencionar que había olvidado los materiales de la clase y los dos profesores me habían tenido que prestar algo para que trabaje, odiaba que la gente tuviera que ayudarme por mis propios errores causados por la falta de tiempo que tenía. Cuando salí de la facultad ya eran las 13:30 siempre me retrasaba quince minutos tratando de perfeccionar mis trabajos y hoy no era la excepción. Había quedado con mi madre para verla a las dos de la tarde en la oficina inmobiliaria ya que tenía ideas de vender la vieja casa y comprar una más pequeña alejada de la ciudad donde pudiera respirar aire fresco. Tenía veinte minutos de viaje hasta la oficina así que no tuve tiempo de comer nada, subí al colectivo y sorprendentemente había lugar para sentarse, apoye mi cuerpo sobre el asiento y me relaje para no llegar de mal humor al lugar y que mi madre no se preocupara. No habían pasado más de diez minutos cuando escuche un ruido en el motor del vehículo que sonaba a mala suerte al igual que el humo que salía del mismo. El chofer pidió que esperáramos cinco minutos ¡cinco minutos!, yo no podía esperar eso, ya eran las 13:55 y faltaba por lo menos diez minutos mas para llegar…No tuve otro remedio mas que esperar calmado. Cuando pasaron los cinco minutos y veía que el chofer seguía lidiando con el motor, me baje y decidí ir caminando, o mejor dicho corriendo, las cuadras que faltaban que no eran pocas, mientras corría me percate de que mi plan de no llegar malhumorado y agitado no funcionaria de ninguna manera, pero no podía parar, tenía que cumplir mi horario de llegada. Miré de nuevo el reloj y eran las 14:05, solo estaba a media calle de la oficina, lo había logrado, había llegado lo suficientemente puntual al encuentro con mi madre.
Cuando entramos a la oficina sentí una puntada de dolor en el medio del estomago, el no haber comido nada desde la mañana estaba dando sus consecuencias. La reunión con el señor de la inmobiliaria no duró más de cuarenta minutos, una eternidad para mis ganas de almorzar. Así que apenas terminó no lo pensé dos veces y me detuve en un puesto callejero en donde sacié mi hambre con una hamburguesa de pollo y una ensalada de tomate, queso y albahaca, que era mi preferida. Ese momento del día había cambiado mi humor, pero la sensación agradable no duro mucho. Cuando se me ocurrió mirar la hora las agujas marcaban las 16:15 y mi clase de francés empezaba a las 16:30 hoy me iban a tomar un examen para medir mis aprendizajes hasta ahora, así que me puse en marcha para llegar a horario, siempre corriendo y nunca caminado, claro, ésta vez no había tiempo para subir a un transporte público, eran solo diez cuadras hasta el instituto y podía correrlas sin necesidad de subir demasiado la velocidad. Llegué a horario, pero mi cabeza me daba vueltas como un trompo. El haber corrido tanto apenas acabe de almorzar seguro había provocado esos intensos mareos. Ya sentado en el aula y con la hoja sobre el escritorio, la profesora dio la orden de darlas vuelta y comenzar. La consigna consistía en escribir una carta a una empresa de cosméticos solicitando una entrevista de trabajo y explicando cada detalle de nuestras experiencias como trabajadores. Apenas la leí me sentí acabado, la carta debía contener al menos 500 palabras y yo sabía que con mi mareo no iba a poder lograr concentrarme y recordar el formato de este tipo de ejercicios… 232, 233, 234…Nunca llegaba a las 500 palabras. Me rendí, cuando fueron las suficientes, pero no las necesarias, entregué la hoja esperando que aunque sea estuvieran bien las cuatrocientas cincuenta que había podido escribir.
A las 18:00 tenia que ir a la casa de José, donde estaban Ramón y Tobías que me esperaban para que los ayude con el estudio de su clase de inglés, no quería saber más nada por hoy de idiomas, pero tenia que cumplirles. Para esa hora faltaban quince minutos así que me dirigí a su casa tranquilo porque tenia tiempo de sobra para llegar…José atendió a la puerta muy amablemente como siempre y me invitó a pasar para que esperara a los niños que todavía no llegaban, por dentro me pregunté “¡¿Cómo es que aun no llegan?!”, pero no tuve más alternativa que sentarme en el gran sillón a esperar. Habían pasado ya veinte minutos cuando volvió a sonar el timbre, por fin, eran Ramón y Tobías que llegaban de jugar a la pelota. Comenzamos la clase y trate de ser lo mas breve y conciso pero siempre tratando de que entiendan y no de empeorarles las cosas. No se si se quedaron conformes con mis explicaciones pero no podía seguir en ese lugar, ya eran las 19:50 y yo recién dejaba su casa para dirigirme al mercado y comprar la cena. Llegué a las ocho al almacén y trate de elegir con tranquilidad y delicadeza lo que iba a comer esa noche, ahora no tenia porque apresurarme, lo único con lo que tenia que cumplir era llegar a tiempo para no perderme una vez mas la primer media hora de mi serie preferida. Había muchas cosas ricas y tentadoras para comprar pero preferí ser clásico y simplemente compre un paquete de fideos “tirabuzón” y algunos pimientos y caldos saborizantes para la salsa que los acompañaría. Cuando llegue a la caja para pagar la señorita que me dio la cuenta también me entrego un papel doblado al cual no le preste la mínima atención y guarde en mi bolsillo, ya eran las ocho cuarenta y el programa de TV empezaba a las nueve. Llegue a mi casa con cinco minutos de sobra, así que puse a hervir el agua para los fideos y saltee los pimientos mientras mostraban las escenas del capítulo anterior. Ya sentado en la mesa disfrutando de mi cena me dí cuenta que no había comprado las hojas de papel que me habían pedido para la siguiente clase de la facultad. Eran las 9:30 y los quioscos cerraban a las diez como mucho, así que con toda mi furia a mí mismo por olvidarme de lo que debía hacer baje corriendo del departamento hasta el quiosco que quedaba a dos cuadras y mientras corría y aceptaba nuevamente no terminar de ver la novela ni de comer tranquilo, me di cuenta que el quiosco estaba cerrado. El próximo lugar más cercano era a cinco cuadras de allí y no tuve más remedio que ir. Estaba enojadísimo con mi mismo y con el maldito reloj que no paraba de dar vueltas sin tenerme compasión alguna. Sentía que pronto iba a tirar abajo un edificio de un patadón lleno de furia y tristeza…Cuando estaba llegando al quiosco metí mi mano en el bolsillo de mi buzo para sacar el dinero y pagar rápido y me encontré con el papel doblado del almacén, me dio curiosidad y lo leí, era un recorte de revista que rezaba: “El primer síntoma de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo” al pie del recorte decía que el autor de la frase era Paulo Coelho. Fue como un balazo directo al cerebro, en el momento que termine de leerla sentí la necesidad de salir corriendo de vuelta al edificio, y corrí lo más rápido que pude, sentía que rasgaba el asfalto en cada pisada, sentía una rabia que me hacia arder la cabeza, no hacia falta que tocara mi cara para darme cuenta del calor que sentía sobre ella. Mientras subía a mi departamento arranque de un manotazo mi reloj de muñeca y lo pise y tire a cualquier lugar lejos de mí había quedado destruido. Entré a mi habitación y revolee contra el piso el reloj de pared que me fastidiaba a cada hora, el vidrio por todo el salón era infinito. Mi despertador que era el primer jefe de mis días ahora no tenia principio ni fin, lo había tirado por la ventana y oí como cayó y un auto lo piso al instante. El reloj del baño también lo había roto y esta vez con mis pies. Encontré un destornillador en un cajón y se lo clavé al reloj del microondas, no me importaba ni tuve en cuenta que ya no serviría y la reparación seria costosa. En ese momento no pensaba en nada más que en deshacerme de esa soga que me ataba día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, no me importaba nada más.
Me desperté de nuevo con los rayos del sol entrando por mi ventana, esa mañana me sentía fresco y vivaz. No sabía que hora era pero sin más me levante y fui hasta la parada del colectivo esperando que la hora fuera la indicada. En el camino pude disfrutar del fresco aire de la mañana y el sonido de las hojas de los árboles al chocar, esa sensación era única y nueva para mí. El colectivo llegó al momento en que me senté a esperarlo, pude ir sentado y con una sonrisa en la cara. Cuando llegue a la primer clase del día pensé que ya habría empezado hacía mucho tiempo, pero no era así, todavía faltaban diez minutos para que la clase comenzara…Lo mismo me paso al salir para comer, pude disfrutar de un almuerzo con mi familia que me lleno la panza no solo de riquísima comida, sino también de una larga y alegre charla. Durante la clase de arpa me pareció que el instrumento sonaba mejor que nunca, realmente vi reflejados mis aprendizajes y el profesor me felicitó más de una vez por el sonido que lograba emitir. Pase la tarde de aquí para allá disfrutando de cada paso que daba y recibiendo de buen humor a cada persona con la que me cruzaba. La serie de TV había emitido un capitulo inolvidable que no me perdí ni por un segundo…Era el mejor día de mi vida, llegaba a todos lados temprano y me sentía liberado y feliz en cada momento.
Desde aquella vez no utilice más relojes, sólo uno pequeño y redondo para controlar mis comidas cuando cocinaba, ya que a los cinco meses me recibí y comencé a trabajar en un pequeño restaurante en donde tenia el honorable cargo de “ayudante principal de chef”. Le dije adiós a la caja registradora. Pero también le dije adiós a la tristeza, a la amargura y a la pesadez de las cosas con las que me lastimaban a mi mismo.

2 comentarios:

Constanza dijo...

Chica number 9 con su super cuento que me super gusta, no tengo la culpa yo :( lo festejamos cuando vuelvo y hacemos algo super copado dale dale? te amo amiguitas

Maca! dijo...

Me encantó, y me viene muy bien :)

Lindo tu blog, lo leo siempre.

Un beso agus.-